Tus palabras escritas, viajeras y constantes,
arribaron en una temporada solitaria,
en la que creía ya no existía.
De tus dedos perfumados,
me llegaba un saludo o un pensamiento tuyo,
impulsando en mí corresponderte
con una respuesta agradable.
Comencé a evocar tu existencia,
sin tener idea de tu rostro, sin tener idea de tu pelo.
Sin saberlo, comencé a quererte,
y a alucinar tontamente que tú existías para mí…
Perdóname.
Inspirado por mi lejana amiga Mi…
